PUBLICA_GRATIS/

Se graduó de musicoterapeuta en la UBA. Y es uno de los diplomados con mayor edad.

Cuando era chiquitita y tenía sólo cuatro o cinco años, Aída Deulofeu le descontrolaba la casa su mamá. Agarraba todas las sillas, banquetas, mesas y tablas de madera y como podía construía una especie de aula en el medio del comedor. Allí sentaba a sus peluches y ella, parada al frente de esas clases improvisadas, comenzaba a enseñar. Ochenta y cinco años más tarde, Aída no sólo cumplió su sueño de ser maestra, sino que nunca dejó de estudiar y ahora a sus 90 años se acaba de recibir de licenciada en musicoterapia en la UBA, lo que la convierte en una de las personas con mayor edad en terminar una carrera en la historia de la universidad.

No lloró ni se emocionó. Tampoco le tiraron huevos ni la bañaron en harina. Cuando aprobó la última materia, Aída se levantó, le estrechó la mano al profesor y le pidió perdón: “Le quiero pedir disculpas por los pensamientos malos que tuve”, le dijo. Es que para terminar la carrera tuvo que rendir tres veces el final de la materia ‘Escuelas Psicológicas Contemporáneas’.

Pero nunca dejó de estudiar ni se rindió. Por el contrario, con el único objetivo de recibirse, la mujer que en su DNI dice que tiene 90 años, pero que en el alma es una adolescente, se alejó de las tardes de té con sus amigas, tampoco preparó el estofado para sus nietos los domingos al mediodía y menos aun salió a pasear los sábados por la tarde: “Me quedé día y noche frente a los apuntes, estaba con tanta bronca que no dejé de estudiar, me preparé tanto que me propuse saber más que el profesor”. Y lo logró.

Clarín hace unas semanas reunió historias de abuelos mayores de 70 que estudian en la Universidad. Son personas que le ganaron la batalla a las agujas del reloj y que a pesar de lo que indiquen sus documentos, continúan aprendiendo. Son parte de la nueva edad dorada y lo respaldan los números: en la Universidad de Buenos Aires estudian 200 alumnos que tienen más de 70. Es que la edad cronológica, se sabe, ya no define nada.

Entre ellos estaba Aída, que días más tarde de aquel artículo mandó un mail, cortito, que decía lo siguiente: “Señor periodista, quiero que sepa que finalmente aprobé mi última materia. Valió la pena toda la fuerza que le puse a la carrera de Musicoterapia y me recibí ¡Soy Licenciada!”. Hasta el teclado con el que escribió esas palabras parecían desbordar de alegría.

En la vida de Aída hay muchas vidas. No sólo fue docente, también directora de escuela, maestra particular, bibliotecaria y cuando tenía 78 años se recibió como Psicóloga. Ahí nomás se anotó en Musicoterapia. Cursaba en la sede que la UBA tiene en Avellaneda, ahí frente al Shopping, y para llegar manejaba su auto desde su casa unas 20 cuadras hasta la parada del 74 en José mármol, donde se tomaba el colectivo. Un viaje que duraba poco más de una hora y que repetía tres veces por semana.

Durante el trayecto Aída leía textos y repasaba para los exámenes. Una vez el chofer del colectivo le preguntó qué hacía, por qué leía tanto y subrayaba las hojas con el pulso intacto a pesar del zarandeo del bondi. “Porque voy a la facultad”, le respondió y hasta lo animó a que él también lo hiciera: “Meses más tarde me volvió a llevar y me dijo ‘usted es la señora que estudia, ahora yo también me anoté para terminar mi carrera’, me puse muy contenta”.

Sus arrugas relucían en las aulas repletas de millennials. Ella dice que sus compañeros la trataron siempre como una igual y hasta era la encargada de poner su casa como bunker que sirviera como el lugar de encuentro cuando había que hacer trabajos grupales. También se encargaba de comprar las masitas finas, preparar el mate o el café para quien quisiera. En la facultad todos la conocen, entrar con ella es hacerlo casi con una diva de la televisión. La saludan los chicos que van y vienen con sus mochilas, el de seguridad que está en la puerta, el quiosquero y el que atiende el buffet.

“¿Sabés la garra que le puso ella?”, cuenta Diego, encargado del bar: “Se sentaba en un rincón y pasaba horas. Tiene la mente fresca y muchísima más pasión y energía que los pibes que vienen acá a pasar el rato. Ella no, ella les pasaba el trapo a todos”, sonríe el hombre: “Será una lástima no tenerla más por estos pasillos”.

En la charla Aída larga frases motivadoras, tantas que hasta el Cholo Simeone podría pedirle consejos. Dice que “el aprendizaje genera tanta felicidad que permite tener el corazón y la mente contentos”. Al rato, como al pasar deja otra en el camino: “Estudiar es como un dulce, un caramelo que uno pasea por boca y que se disfruta”.

Mientras con la tablet busca fotos de su juventud, cuenta que de chica tenía una fascinación por el estudio: “Siempre me gustó, cuando me preguntaban qué quería ser respondía lo mismo: estudiante. Nunca paré, no puedo. Necesito mantener la mente activa, seguir aprendiendo cosas porque yo siento que tengo tiempo para más, no me imagino en mi casa esperando como corre el tiempo”, dice Aída, con sus ojos delineados y un traje celeste que preparó especialmente para la foto.

No usa bastón, camina a paso firme y la vista siempre al frente. Se mueve como un pez en el agua dentro de la facultad. En el aula siempre se sentaba en el primer banco para grabar las clases con su celular. Tiene Facebook y WhatsApp y ahora sueña con poder ir a visitar a su hijo que vive en Europa. Relata que cuando rindió su última materia alguien le dijo que era la persona con más edad en recibirse en la UBA. Mucho no le interesa, sabe que dentro de algunos meses volverá anotarse en algún curso: “No hay edad para estudiar”.

 
Fuente – Diario Clarín

PUBLICA_GRATIS/

DEJA TU COMENTARIO
UCC