La práctica del baile en pareja los ayuda a controlar los temblores. Lo promueven neurólogos del Ramos Mejía.

Para superar el freezing o congelamiento en la marcha, Liliana arranca el día haciendo un ocho. Lo aprendió en su clase de tango. Carlos A., que se caía para atrás cada vez que intentaba abrir la heladera, ahora lo evita con un movimiento hacia la izquierda, la “salida al dos” del paso básico que le enseñaron en el taller del Hospital Ramos Mejía. Teodoro entra a la clase de los martes, un espacio donde pacientes con Parkinson bailan al ritmo del 2×4, con ayuda de un trípode, y sale caminando con el bastón en el aire. No le ganan a la enfermedad, pero le dan pelea y gracias al tango mejoran su calidad de vida.

Parece una milonga, aunque en realidad es la sala de un hospital. Los martes a las 15.30, un rincón del servicio de Neurología del Ramos Mejía, en Balvanera, se transforma en una verdadera fiesta. Hasta allí llegan pacientes “lookeados” para la ocasión: ellas, maquilladas y con tacos altos; ellos, perfumados y de traje. Algunos curiosos abren la puerta en la mitad del encuentro cuando escuchan que del otro lado pasan temas de Troilo y Gardel.

En su interior se baila tango. Y en cada reunión, un paciente y un voluntario- algunos son vecinos, aficionados del 2×4 o familiares de los que tienen Parkinson- se unen en un abrazo y caminan. Ya le sacaron viruta al piso 160 parejas: unos 80 pacientes que conviven con esta enfermedad crónica y progresiva que afecta la capacidad de controlar y coordinar los movimientos.

Usan pasos del tango para mejorar la vida de personas con mal de Parkinson

Para Laura Segade y Manuel Firmani, los profesores del taller, bailando los pacientes mejoran su coordinación, pero también “en lo afectivo y en lo social”. (Foto: Jorge Sánchez)

Los profesores, Laura Segade y Manuel Firmani, coinciden en que “en los momentos de disfrute y relajación, los temblores parecen perderse”. “Entran a la clase de una manera y salen de otra. Se nota tanto en lo afectivo y lo social como en la coordinación”, explican a Clarín.

El taller empezó a funcionar hace cinco años. La idea fue de una médica con Parkinson que sabía lo significativo que era para los pacientes moverse y socializar. “El tratamiento tiene tres pilares: la medicación, la actividad física y la parte emocional. En las clases desarrollan las últimas dos”, sostiene Tomoko Arakaki, neuróloga del Hospital Ramos Mejía.

Usan pasos del tango para mejorar la vida de personas con mal de Parkinson

Carlos Sericchio conoció a su esposa Nora Dauthun en una milonga, en 1962. Ahora, ella lo acompaña cada martes al taller para complementar, bailando, su tratamiento contra el Parkinson. (Foto: Jorge Sánchez)

Hace cuatro años, Carlos Sericchio (74) y su esposa Nora Dauthun (80) tuvieron su primera consulta con Arakaki. “Veníamos de un encuentro poco feliz con otro médico, que nos había dicho que los síntomas tenían que ver con el Parkinson, pero que no había nada para hacer”, recuerda Carlos, que llegó al Ramos Mejía sin poder atarse los cordones ni escribir por el temblor en sus manos y con una molestia en sus labios por el mismo movimiento involuntario.

“Tomoko me preguntó qué me gustaba hacer y yo le dije que bailar. Con mi mujer nos conocimos en una milonga en el club Huracán, en 1962. Por eso, cuando me contó que en este hospital había un taller de tango para gente con mi patología me puse muy contento”, relata Carlos, que se convirtió en un referente para el grupo de los martes. Junto a Nora, voluntaria fija para acompañar a su marido, no faltan nunca. Y él asegura que el entrenamiento le sirvió: con la ayuda de la medicación y de la mano del baile, dice que mejoró mucho y se nota. Su temblor hoy resulta imperceptible.

Seguir el ritmo, administrar el espacio, entender la corporalidad del otro y realizar varias tareas a la vez. Todo eso logran los pacientes, casi sin darse cuenta, mientras bailan. “La persona con Parkinson tiene alteradas las tareas ejecutivas y se desorganiza. El tango los obliga a trabajar sobre esas funciones que están comprometidas”, precisa Nélida Garreto, también neuróloga del equipo del Ramos Mejía.

En ese camino es que, poco a poco, para los pacientes, el movimiento deja de ser sinónimo de dolor. Y entonces aparece el placer. No sólo por bailar, sino también por encontrarse. “Además de mejorar mi calidad de vida, bailando tango me hice grandes amigos”, resume Sericchio, sobre lo importante que resulta contar con un grupo de pares.

Usan pasos del tango para mejorar la vida de personas con mal de Parkinson

Carlos y Nora, con los profesores del taller y los médicos del equipo de neurología del Ramos Mejía. (Foto: Jorge Sánchez)

Empieza a sonar “La Cumparsita”, Carlos toma a Nora del brazo y se arma la milonga. Se miran cómplices, sonríen, se hablan al oído, entrelazan sus pies y disfrutan del baile como en su adolescencia. Los achaques de la edad y el Parkinson quedan en segundo plano, por lo menos por ese ratito. Cuando la música se detiene, saludan como al final de una función y reciben los aplausos de todos los presentes.

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