Ídolos Puntanos

La tragedia de Funes, el otro corazón rechazado por un chequeo médico de Boca

El problema cardíaco detectado en la revisión a Andrés Román tiene un antecedente fatal: el ex ídolo de River y San Luis cruzó de vereda en 1990 pero, después de varios estudios, no fue autorizado a debutar y murió a los pocos meses, cuando tenía 28 años, víctima de una insuficiencia aórtica.
miércoles, 3 de marzo de 2021 · 14:57

Que un futbolista no pase una revisión médica por un problema cardíaco siempre impacta, pero la caja de resonancia es aún mayor en los clubes grandes, como le acaba de ocurrir al colombiano Andrés Felipe RománBoca rechazó el traspaso del defensor de Millonarios de Bogotá tras haberle detectado una cardiopatía hipertrófica. No fue, sin embargo, la primera vez que el departamento médico de Boca alerta de las debilidades en el corazón de un posible refuerzo para el plantel. El caso más doloroso (y posteriormente trágico) ocurrió en 1990 con Juan Gilberto Funes, un prócer de la historia de River que, cuando quiso pasarse a la vereda de enfrente, se topó contra un diagnóstico letal: una junta médica le recomendó que dejara de jugar al fútbol. Y aunque el delantero puntano efectivamente no entró más a un campo de juego, igual moriría a los pocos meses, en enero de 1992, cuando apenas tenía 28 años.

A Funes le decían el Búfalo, un apodo muy descriptivo para graficar su fuerza aplastante: era un delantero de más de 90 kilos que abría surcos entre los defensores rivales. Su paso por River entre 1986 y 1987 es extraordinario: jugó muy poco pero aportó muchísimo, casi todo. Sólo convirtió cinco goles, uno por el torneo local (al Deportivo Armenio, en 18 presentaciones domésticas) y cuatro en competiciones internacionales, aunque dos de ellos valieron por miles: anotó en las dos finales de la primera Copa Libertadores que ganó River, en los triunfos ante el América de Cali 2-1 en Colombia y 1-0 en Buenos Aires, en octubre de 1986. Su gol en el Monumental, relatado para la transmisión de TV por Marcelo Tinelli (entonces periodista deportivo), resume la energía de un futbolista que parecía tener dos corazones. Era tan indestructible y carismático que, para una producción de la revista El Gráfico, se vistió de Rambo con un cuchillo entre los dientes y una metralleta llena de balas, a tono con un delantero que se habría animado hasta la guerra de Vietnam. Sus compañeros contaban anécdotas del nuevo fenómeno y algunas eran salvajes: Funes llevaba un revolver en el baúl de su auto y cada tanto disparaba al aire.

Su consagración en la Libertadores fue inesperada. Recién había debutado en River el mes anterior, en septiembre de 1986. Tenía 23 años y venía de multiplicar goles en el fútbol colombiano con el mismo club que Andrés Román, Millonarios de Bogotá, pero en Argentina había sido un semi desconocido hasta entonces. Se había formado en el fútbol regional: debutó en Huracán de San Luis, pasó a Sarmiento de Junín (aunque fue suplente de Ricardo Gareca y no llegó a debutar), sumó otros dos pasos por equipos de su provincia (Jorge Newbery y Estudiantes) y se estrenó en Primera División con Gimnasia y Esgrima de Mendoza. Entre los Nacionales 1983 y 1984 jugó 14 partidos y convirtió 8 goles, suficientes para emigrar a Colombia.

En River también se consagraría campeón del mundo en diciembre de 1986 (en Tokio, contra el Steaua Bucarest, hasta pareció jugar con egoísmo, buscando su gol) y ganaría un tercer título internacional en agosto de 1987, la Copa Interamericana, pero en diciembre dejó repentinamente un club para el que ya había hecho todo (aunque en el recuerdo también quedó un gol increíble que erró contra Independiente por la Libertadores de ese año). La explosión fugaz de su paso por River se repitió en la selección: entre junio y julio de 1987 jugó sus únicos cuatro partidos para Argentina, dos de ellos por la Copa América, pero no convirtió goles y no volvió a ser convocado. El equipo de Carlos Bilardo, vigente campeón el mundo, insólitamente perdió las cuatro presentaciones con Funes en cancha.

La tragedia de Funes, el otro corazón rechazado por un chequeo médico de Boca

Se fue a Europa pero la pasó mal: en Olympiakos de Grecia no se adaptó y jugó muy poco. En el Nantes de Francia no llegó a debutar. Volvió a Vélez para la temporada 1989/90 y recuperó su nivel: nos hizo creer que había Funes para rato. Potenciado por grandes jugadores -experimentados y jóvenes, como Ricardo Gareca, Diego Simeone y Sergio Zárate-, sumó 25 partidos y convirtió 12 goles, 10 de ellos en 1990: en enero a Mandiyú, en febrero a Newell’s y Boca (en un célebre 3-3 que Vélez remontó tras ir perdiendo 3-0), en marzo a Platense y Talleres, y en abril a Chaco For Ever (3) y Racing de Córdoba (2). Jugó por última vez para Vélez el 13 de mayo de 1990 en una derrota 1-0 ante Ferro en la que no pudo superar a un joven Germán Burgos. Sería su último partido.

Vélez no podía renovarle el contrato ni comprarle el pase y, durante el Mundial de Italia, Funes comenzó a practicar con Boca. La década del 80 había sido prolífica en jugadores que pasaban de un grande al otro y aquí en todo caso no se trataba de una transacción directa (a diferencia de Oscar Ruggeri, el propio Gareca, Julio Olarticoechea, Carlos Tapia, Jorge Rinaldi, Milton Melgar, Gabriel Batistuta y Sergio Berti, que por esos días recorría el camino inverso al del puntano), pero no dejaba de ser impactante: Funes había escrito la historia grande de River. Y sin embargo, ya vestido de azul y amarillo, el hombre que había sido clave para enterrar el mote de gallinas (Independiente, Racing, Boca, Estudiantes y Argentinos habían sido campeones de América antes que River) pasó a correr hasta 13 kilómetros diarios en la pretemporada que el equipo de Carlos Aimar realizaba en las sierras de Huerta Grande, Córdoba.

“Después de Vélez lo tentó Boca -explicaría a Infobae Juan Pablo Funes, hijo de Juan Gilberto, hoy de 32 años e hincha de River-. Mi papá quería jugar en Boca porque creía que podía irle bien. Sabemos que los hinchas de River están ofendidos con eso, más allá de lo que él hizo por el club pero él quería seguir con su carrera y la posibilidad se la daba ese club”. A falta de firma oficial, el arreglo entre el representante de Funes, el empresario Carlos Quieto, y Boca era particular: en caso de una oferta de Europa, podría aceptarla. Y esa posibilidad llegó con Niza. El ex ídolo de River viajó a Francia y en los primeros entrenamientos se ganó la admiración de su nuevo técnico, Jean Fernández, que lo incluía entre los titulares: Funes convirtió tres goles en dos amistosos. Pero las desgracias no se anuncian y un día, poco antes del comienzo de la temporada 1990/91, lo citaron en los despachos del club para informarle una noticia que le cambiaría la vida: los estudios cardíacos le habían dado mal. Le explicaron, a trazo grueso, que tenía un soplo en el corazón. Y que el pase no se haría. Funes, desorientado, respondió que se haría cargo de su propio cuerpo, que quería jugar igual, pero Niza rechazó ese ofrecimiento que sonaba a inmolación: la Federación francesa tampoco autorizaría un pase en esas condiciones. Para el Búfalo había comenzado un calvario en forma de cuenta regresiva.

La tragedia de Funes, el otro corazón rechazado por un chequeo médico de Boca

Volvió a Argentina y a practicar con Boca pero ya todo giraba en función de su corazón. Le hicieron estudios -cámara gamma, ecoDoppler, pruebas de esfuerzos- a la espera de una palabra médica definitiva. Los cardiólogos explicaban que Funes sufría una insuficiencia aórtica que le producía un escape de sangre. Algunos detalles eran escabrosos: un médico dijo que, en contraste con los 225 gramos de una masa ventricular normal, la de Funes pesaba 800 gramos. Su corazón era demasiado grande. Mientras tanto, el puntano practicaba con el pantaloncito número 11 de Boca, se sacaba fotos en la Bombonera con la camiseta azul y oro -tan opuesta a la roja y blanca que lo había hecho famoso en Argentina- y se mostraba tan agradecido con los dirigentes del club que, si finalmente lo autorizaban, prometía que en Argentina solo jugaría para Boca. “No estoy preparado para el final, a los 35 años puede ser, pero tengo 27 y estoy en mi mejor momento -le dijo a la revista El Gráfico en agosto de 1990-. Hice esfuerzos brutales en la vida y nunca me dolió nada. El otro día en San Luis matamos un jabalí de 120 kilos bien adentro del monte y lo trajimos entre dos”.

 

Finalmente el pase se hizo (o se anunció) el 13 de septiembre de 1990 y fue tapa de los diarios al día siguiente. “Funes ya es jugador de Boca. A préstamo por un año”, tituló Clarín, acompañado por una foto del futbolista, vestido con buzo oficial del club, dentro de la Bombonera. También se supo que la operación sería a cambio de 40.000 dólares hasta noviembre de 1991 y que la FIFA le había enviado a Boca un informe en el que le advertía del estado crítico del jugador. “Los tipos hacen eso para cubrirse pero yo estoy entero”, le restó trascendencia el Búfalo.

Funes llegó a jugar un amistoso contra Banfield, con la presencia de socios en las tribunas de la Bombonera, y estrelló un remate en el palo. Boca había ganado los primeros cuatro partidos del Apertura 90 y se suponía que, con su ingreso, el equipo sería aún más imbatible. Por la quinta fecha, un 0-0 contra Chaco For Ever, ingresó como civil al campo de juego para ver el partido desde detrás del banco de suplentes. Se anunció que iría al banco de suplentes en el domingo siguiente, el 23 de septiembre contra River en el Monumental, pero no llegó: su corazón anormal estaba agotado de verdad.

Después de un entrenamiento sintió un dolor en el pecho y se asustó. Faltaban pocos días para el superclásico y su compañero Blas Giunta se acercó a consolarlo entre lágrimas. “¿Justo a vos, que sos un fenómeno, te pasa esto?”, le dijo el cacique de Boca, como si vislumbrara el final. Funes llamó a René Favaloro después de la derrota 2-0 en Núñez pero una nueva junta médica, el jueves 27 de septiembre en el Hospital Italiano, sentenció su diagnóstico. “Funes, ¿usted qué prefiere, la vida o el fútbol?”, le preguntaron los especialistas después de haberle confirmado que sufría de insuficiencia aórtica. El presidente de Boca, Antonio Alegre, se anticipó y dijo que Funes podría jugar en cualquier club menos en el suyo pero aún más paradójico fue que hinchas de Boca descubrieron al delantero al salir del hospital y le pidieron que debutara el domingo ante Central, sin saber que ya era un ex futbolista.

Regresó a San Luis, corrió en el rally de su provincia y anunció que abriría una escuela de fútbol, pero el corazón grande lo seguía traicionando. Al año siguiente, del 6 de septiembre al 7 de noviembre de 1991, lo operaron cuatro veces en Mendoza buscando el reemplazo de la válvula aórtica, el origen de su problema cardíaco. Ya era otro Funes: había perdido 14 kilos.

El primer fin de semana de 1992, después de haber pintado las paredes de su escuelita -quería estrenarla en marzo-, al Búfalo se le disparó la fiebre y quedó descompensado. El 6 de enero fue trasladado de urgencia en un avión privado desde Mendoza hasta Buenos Aires. Entró inconsciente al sanatorio Güemes, asistido por un respirador artificial y bajo un cuadro de infección generalizada. Cinco días después, el sábado 11, entró al quirófano para su quinta y última operación de corazón. Diego Maradona, presente en Argentina en medio de su sanción por doping en Italia, se acercó al hospital con su esposa de entonces, Claudia Villafañe. La tragedia lo sorprendió en el lugar: Funes murió ocho horas después, en los primeros minutos del domingo 12. El diario Crónica publicó fotos de Diego caminando nerviosamente, junto a la familia del puntano. “Estoy destruido”, declaró el Diez, que de inmediato alquiló un colectivo para que los amigos y ex compañeros del Búfalo (Ruggeri, Gareca, Carlos Navarro Montoya) viajaran a San Luis para un funeral que sería multitudinario. Diego no sólo viajó a la capital puntana sino que en abril organizaría un partido a beneficio de la familia de Funes en la cancha de Vélez, desafiando a la insólita presión de la FIFA que no quería dejarlo jugar porque, según alegaba, estaba suspendido.

Hoy una parte de San Luis (cuyo otro máximo deportista, el boxeador José María Gatica, también murió muy joven, a los 38 años) podría ser llamada Funeslandia: un estadio, una calle y un club llevan su nombre. Además se levantó una estatua con su rostro y la camiseta argentina que vistió en 1987. El Búfalo era tan grande -y querido- que excedió a River y Boca.

Fuente: TyC Sports

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