Panorama económico

Cristina Kirchner y Alberto Fernández se pelean a cielo abierto mientras la crisis económica se agudiza

Los datos socio económicos son terribles y las señales que da el Gobierno no parecen apuntar a mejorarlos. Es el escenario en el que se desarrolla la cada vez más abierta disputa entre el Presidente y quien lo eligió para ocupar ese cargo.
sábado, 19 de diciembre de 2020 · 18:43

Ya hay un número puesto, ostensible por donde se mire, en este aciago 2020. Con formatos diversos, aparece en estadísticas e investigaciones muy recientes del INDEC y canta que la inflación ha vuelto a ganarle a los salarios o, si se prefiere, que los salarios han vuelto a perder con la inflación.

Si la medida de las cosas pasa por el rubro alimentos y bebidas, o sea, por el lugar en que más claro salta el deterioro de los ingresos de los trabajadores, encontramos una primera, apreciable diferencia. Esto es, precios al 40,4% anual versus el 32% del índice que combina salarios privados y estatales.

Algo semejante tenemos, respecto del mismo 32%, en el costo de las canastas de productos y servicios esenciales que se usan para calibrar la situación social de las capas de bajos o muy bajos recursos. La que define el umbral de la pobreza se encareció 37,7% y un 42,9% la alimentaria, que determina la línea de indigencia.

Luego, en cifras digamos redondas, aquí tenemos una brecha que va de 6 a 11 puntos porcentuales en un solo año, siempre en contra de los salarios y anticipando una obviedad: el incremento de la pobreza y de la indigencia.

Pegado, el bienio 2018-2019 arrastra una muestra aún más potente de la pérdida de ingresos. La estadística oficial anota una suba promedio del 136% para la multitud de precios que conforman el capítulo alimentos y bebidas. Vale aclarar que aquí bebidas son las no alcohólicas y de seguido apuntar que muy atrás, con un para el caso módico 82,7%, queda el indicador salarial. Diferencia: nada menos que 53 puntos porcentuales.

Verdad más consecuencia, una investigación del INDEC de agosto-octubre informa sobre algunos efectos de ese cuadro económico y social, sobre los coletazos de la cuarentena interminable y aquellos que vienen del propio coronavirus. Los datos son del Area Metropolitana, de la Capital Federal y el conurbano bonaerense, pero dado el lugar y su alcance bien pueden proyectarse al resto del país.

En el 33% de los hogares se redujo considerablemente o directamente se eliminó el consumo de alimentos básicos como verduras frescas, lácteos y sobre todo carnes. Dentro de ese promedio, al conurbano le toca un recorte del 38% y el 21,2% a la Ciudad Autónoma.

Explicación y telón de fondo que salen del índice de precios: durante la pandemia, la carne picada y el asado aumentaron por encima del 30% y no se rinden; las verduras, alrededor del 90%: 73% las papas y 77% las cebollas.

El 29% de las familias dejó de pagar o tuvo problemas para pagar el alquiler, la electricidad, el gas y otros servicios con cortes prohibidos.

Casi la mitad de los trabajadores perdieron ingresos en grande y el 40% sufrió despidos o suspensiones.

Otra estadística del INDEC acompaña y le pone una mirada al combo: desde marzo, el transporte de pasajeros por colectivos y trenes cayó a pique y hacia septiembre seguía sin recuperarse. Cuarentena a todo trapo.

Hablar de un panorama así es hablar de una población que está como se sabe y la pasa como la pasa, pese a la copiosa y variada ayuda estatal: desde la asignación por hijo, la tarjeta alimentaria y los bonos hasta, en su momento, el Ingreso Familiar de Emergencia y el plan salarios. Es hablar también de algunos de los costos del ajuste fiscal por venir y, finalmente, de una región que en el pico de la pandemia padeció el 90% de los casos de Covid comprobados y el 85,5% de los fallecimientos.

Falta agregar, en principio sin más agregados, varios datos que reflejan la representatividad de ese espacio: allí viven unas 15 millones de personas, allí se mueve cerca del 50% de toda la actividad económica del país y se concentra el 38% del padrón electoral. La conclusión que continúa a la fuerza de los datos y de los antecedentes está presente en los despachos más encumbrados del poder: plantea, especialmente en el GBA cristinista, la necesidad de contener a todo trance los sacudones de la previsible segunda ola de Covid en 2021. Una ola parecida a la de este año sería fatal.

La clave del operativo oficial se llama desde luego vacuna y el objetivo es lograr que para marzo o abril, o sea antes de que empiece el temido invierno, se hayan achicado los riesgos de contagio. Pero el modo como el Gobierno viene manejando un problema así de sensible advierte, al menos por ahora, que estamos ante planes que flotan en el aire y siembran desconcierto.

Por de pronto hay algo de una especie parecida que va comprobándose todo el tiempo. Que aunque falaz, extrema y tramposa en origen, la consigna vida vs. actividad económica resultó cualquier cosa menos un gran invento. Fue un grande, y también fallido intento de ocultar las dificultades del Gobierno para encarrilar la economía.

La realidad, al cabo siempre difícil de manipular, cuenta que con arriba de un millón y medio de casos, ocupamos el décimo lugar en el ranking de naciones con más infectados y el segundo en la región después de Brasil. También andamos por el puesto número once y el segundo regional en la lista de fallecidos, superando los 41.600. Por este lado, nada de nada para sacar pecho sino todo lo contrario.

Ahora la economía, que suena pero no suena precisamente como un violín.

Los últimos datos del INDEC cuentan que el PBI acumula un bajón del 11,8% en los primeros nueve meses del año, que la construcción derrapa 25,6 y la industria, 9,9%. El consumo privado dice menos 14,7% para el tercer trimestre luego de un menos del 22,3% y la inversión, rojos del 10,3 y del 38,3% respectivamente.

Conclusión sin anestesia: no fue una cosa o la otra, vida o economía, como pregonaba el Gobierno; fueron las dos juntas y no justamente de la mejor manera.

Hundida a nivel de 2009 o de los años 70 si el metro es el PBI por habitante, según la consultora LCG, la economía no da para pensar en un repunte vigoroso durante 2021, uno capaz de crear empleo en cantidad, promover inversiones o cosechar divisas a la medida de nuestras urgencias. En palabras de un analista muy cercano a la zona calma del Gobierno: "Desestructurada como está, la economía da para un rebote de bajo vuelo que sólo cubrirá parte de lo que se perdió este año".

Y a falta de laureles, mejor no envalentonarse con eso de que se logró bajar la inflación del 50% de 2019 a la zona del 36%, porque ese 36 es una enormidad con tarifas congeladas, ajuste salarial, precios máximos, dólar contenido por un costoso festival de bonos y aprietes diversos. Ningún plan, parches e improvisación, ahora volvimos al área del 3% mensual y con tendencia a más.

En ese territorio minado, literalmente a la vista de todo el mundo, Cristina Kirchner y Alberto Fernández libran una batalla sin cuartel y cada vez menos sorda. Pelean por el control del poder, como si fuesen de la oposición.

Fuente: Clarín por Alcadio Oña

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