El mundo del running extremo asiste con asombro y escepticismo a los resultados de un reciente estudio publicado en la revista científica Cancer Epidemiology. La investigación plantea una paradoja médica: mientras el ejercicio moderado es un escudo probado contra el cáncer colorrectal, el esfuerzo físico llevado al límite en maratones y ultramaratones podría estar asociado a la aparición de pólipos precancerosos en el colon.
La inquietud nació en 2019 en Virginia, EE.UU., cuando el oncólogo Timothy Cannon (Inova Schar Cancer) trató en un lapso de seis meses a tres pacientes jóvenes —de entre 30 y 40 años— con cáncer de colon avanzado. Ninguno tenía antecedentes genéticos ni factores de riesgo, pero todos compartían una particularidad: eran corredores prolíficos de pruebas de 160 kilómetros (100 millas) o múltiples maratones anuales.
Para probar si existía un vínculo real, Cannon y su equipo reclutaron a 94 corredores extremos de entre 35 y 50 años que hubieran completado al menos cinco maratones o dos ultramaratones. Todos se sometieron a una colonoscopía de control.
Los resultados fueron calificados por los autores como "bastante sorprendentes": casi la mitad de los atletas presentó pólipos (adenomas) en el colon. Lo más alarmante fue que el 15% de los participantes tenía adenomas grandes y avanzados, una cifra drásticamente superior a la tasa habitual para ese grupo de edad, que históricamente oscila entre el 1,2% y el 6%. Si bien ninguno de los corredores del estudio tenía cáncer activo, la presencia de estas lesiones en etapas tempranas encendió las alarmas.
¿Por qué el esfuerzo extremo altera el intestino?
El estudio plantea un mecanismo fisiológico claro. Durante entrenamientos y carreras que demandan horas de esfuerzo agobiante, el cuerpo entra en un proceso de redistribución del flujo sanguíneo: desvía la sangre y el oxígeno desde el sistema digestivo hacia los músculos de las piernas.
Esta privación transitoria de oxígeno en el intestino puede provocar la muerte de células epiteliales y volver permeable el revestimiento intestinal, dando lugar a cuadros de inflamación crónica. Los síntomas habituales del corredor (náuseas, calambres, diarrea o sangrado rectal) son un reflejo de este daño. Según la hipótesis médica, la repetición constante de este proceso de lesión y posterior reparación celular a lo largo de los años acelera la replicación de tejidos, aumentando el riesgo de mutaciones genéticas y la posterior formación de pólipos.
La comunidad médica internacional reaccionó rápidamente pidiendo prudencia ante el impacto de la noticia. "Es un estudio súper interesante, pero también muy pequeño y los hallazgos son preliminares. Los corredores no deberían entrar en pánico", advirtió Amy S. Oxentenko, gastroenteróloga de la Clínica Mayo y maratonista, quien remarcó que el estudio aún no cuenta con un grupo de control de no corredores para comparar de forma estricta las variables.
Por su parte, los especialistas coinciden en que el peor escenario sería que la población asuma que correr es perjudicial. "La abrumadora mayoría de las investigaciones sugiere lo contrario: correr es bueno para la salud y para el intestino", señaló Sara Campbell, profesora de kinesiología en la Universidad Rutgers.
Sin embargo, el estudio deja un mensaje preventivo contundente para la comunidad atlética de fondo: no normalizar las fallas gástricas. La recomendación unánime de los expertos es que cualquier corredor de largas distancias que experimente síntomas intestinales persistentes o sangrado rectal acuda de inmediato a un especialista y solicite una colonoscopía.
El equipo del doctor Cannon ya planifica un segundo estudio a gran escala con 300 corredores extremos y un grupo de control equivalente, expandiendo la investigación a triatletas y ciclistas competitivos para determinar si el riesgo está ligado estrictamente al running o a cualquier disciplina de máxima resistencia.
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