Un grave incidente de seguridad sacudió la tarde de este sábado los alrededores de la Casa Blanca en Washington, luego de que un joven de 21 años fuera abatido por agentes del Servicio Secreto tras aproximarse a un puesto de control y abrir fuego. El atacante fue identificado como Nasire Best, un ciudadano que, según registros judiciales y policiales de los Estados Unidos, ya contaba con un historial de detenciones en el perímetro presidencial y padecía severos problemas de salud mental.
El tiroteo se desató poco antes de las 18:00 hora local en una intersección cercana al Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower, a metros del complejo residencial donde en ese momento se encontraba el presidente estadounidense Donald Trump, quien monitoreaba las negociaciones de política exterior con Irán. De acuerdo con los reportes de medios locales como The New York Times, Best extrajo un arma de fuego de una bolsa y comenzó a disparar contra los agentes, quienes respondieron de inmediato de forma letal. Durante la balacera, un transeúnte civil resultó herido de levedad.
Historial psiquiátrico y pánico periodístico
No era la primera vez que Best vulneraba los perímetros de la sede de Gobierno. En julio del año pasado había sido arrestado por ingresar a una zona restringida desoyendo las órdenes de alto, y un mes antes había sido derivado a un centro psiquiátrico tras bloquear el acceso al ala este. En aquella oportunidad, el joven había asegurado ante los policías que "era Jesucristo y quería ser arrestado", lo que motivó una posterior orden de alejamiento judicial que el imputado violó de forma sistemática.
Las detonaciones generaron escenas de pánico absoluto entre decenas de periodistas y equipos de televisión que se encontraban transmitiendo en vivo desde el Jardín Norte del complejo. Varios corresponsales debieron arrojarse al suelo para buscar refugio antes de ser evacuados de emergencia por las fuerzas federales hacia las salas de prensa interiores, bajo la orden estricta de resguardo total.
La Casa Blanca permaneció bajo un cierre absoluto (lockdown) por espacio de una hora, mientras la Guardia Nacional y el FBI desplegaban unidades para blindar los accesos y colaborar con la investigación que intenta determinar si existieron fallas de inteligencia previas.
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